Toluca, a unos 60 kilómetros México D. F., es una ciudad de medio millón de habitantes cuyos orígenes se remontan hasta el siglo XII, cuando fue fundada por la etnia de los matlatzincas. Tal vez un tanto eclipsada por la descomunal capital de la nación, es un importante centro industrial que alberga además los edificios de la Universidad Autónoma de México. Allí, en la plaza de Andrés de Castro, una estatua de bronce recuerda la figura de este ilustre religioso franciscano, conocido por ser una de las figuras capitales de la etnografía mejicana. Pero lo que sin duda pocos mexicanos conocen es el lugar de nacimiento de este pionero en el estudio de los pueblos y las lenguas indígenas: una pequeña villa del norte de Burgos llamada Oña.
Andrés de Castro nace hacia 1480 en el seno de una familia acomodada, pero pocos debieron ser los años que permaneció en nuestra villa, ya que siendo aún niño se le manda a Olmos de Esgueva, en la provincia de Valladolid, a casa de una hermana que vivía en dicha localidad. Estudia Leyes y Cánones en la Universidad de Valladolid, donde tras finalizar sus estudios consigue la cátedra de esta disciplina. Con tan sólo veinte años, abandona esta brillante carrera universitaria e ingresa en la orden de los franciscanos, adoptando el nombre de Andrés de Olmos en homenaje a su lugar de adopción. De espíritu siempre inquieto, emprende estudios de Teología, tras lo cual es destinado al convento vallisoletano de El Abrojo, en Laguna de Duero. Allí trabará amistad con otro fraile que con los años llegaría a ser el primer obispo de México, el también franciscano fray Juan de Zumárraga. Junto a él emprenderá en 1527 un viaje a Vizcaya por orden del emperador Carlos V en una misión contra la brujería, experiencia que utilizará posteriormente para la redacción de su primer libro, el Tratado de hechicería y sortilegios.
Un año después, y acompañando nuevamente a Zumárraga, se embarca hacia Nueva España (México). Durante los años siguientes alterna la labor evangelizadora con la enseñanza y los viajes de carácter etnográfico, para lo cual aprendió con rapidez la lengua náhualt y los dialectos totonaco, huaxteco y tepehano. Este conocimiento de la lengua indígena y su trato afable y cariñoso con los indígenas le abriría las puertas de la rica tradición oral de las culturas del valle de México, que los ancianos conservaban en forma de huehtlatolli, o “testimonios de la antigua palabra”. Fray Andrés se dedicó a recoger estos testimonios orales de aquel mundo en trance de desaparición, conocimientos que plasmó en 14 obras (la mayor parte de ellas hoy perdidas) entre las que destacan el Tratado de las antigüedades mexicanas y la primera gramática náhualt, el Arte de la lengua mexicana. Posiblemente, este interés de fray Andrés por el mundo indígena influyó de forma determinante en programa de estudios del colegio de Santa Cruz de Tlatelolco, fundado en 1536, del que fray Andrés fue uno de sus principales profesores. En él se alternaba la enseñanza de la cultura europea de la época y de la doctrina cristiana con el estudio de la historia y la medicina nativas; una experiencia única en la época hasta su clausura en 1576.
De carácter austero, dispuesto siempre a empresas arriesgadas, pero sobre todo trabajador incansable, Andrés de Castro permaneció en México entregado a su labor misionera hasta su muerte, un ocho de Octubre de 1571, tan lejos de la villa que lo vio nacer. Allí, en la Iglesia de San Juan, una pequeña placa recuerda la figura de este religioso que es, sin duda alguna, uno de los más ilustres hijos de Oña.
Mario Pereda